jueves, 25 de junio de 2009

The last thriller


Si hay alguien a quien no le hubiese importado morir en cualquier momento, quizá era Michael Jackson. Muchos, como Einstein por ejemplo, vivieron sus vidas queriendo llegar al límite de sus capacidades, al límite de sus sueños, agotándo incluso las ideas para éstos. Pero ni siquiera aquel científico, que hoy es argumento y base para muchas teorías, logró lo que Jackson pudo: vivir para ver qué se sentía ser el rey, en sus límites.

Y cuando me refiero a los límites, me refiero a todos. Vivir la vida al extremo, "innovando" o estableciendo nuevos paradigmas, experimentando no sólo musicalmente, sino física y moralmente. Frente a todo esto, los aplausos. No había nada que Michael no pudiera hacer. Eso quedó demostrado cuando, parado frente a los tribunales (no sólo de justicia sino del mundo), enfrentó el delito más grave socialmente: la pedofilia.

Ni eso dio resultado para sus detractores, quienes se asombraban frente a una fanaticada que incluso desde países tan lejanos como China viajaron para apoyarlo en el proceso. No había argumento valido para destronar al rey, que entregó una generación entera (y, por supuesto, aún vigente) de música para nuestros oídos.

Michael Jackson vivió como debía, marcando pautas y desarmando otras. Así también, murió como tenía que hacerlo: haciendo música y haciendo de esa industria y ese mundo algo aún glamoroso e interesante. Como sólo lo hace el rey.

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